Miro a mi alrededor.
Mil rostros vacíos de expresión, depresión escondida tras fármacos y sonrisas falsas.
Hombres de traje caminando con su maletín a ninguna parte, madres comprando videojuegos para no aguantar a sus hijos y niños esperando al momento en el que estrenar ese juego de familia olvidado, a ser felices de verdad.
Camino entre los miles de transeúntes sin rostro de esta ciudad muerta y monótona y miro la lluvia, cayendo como lagrimas ocultas sobre el vidrio de los vehiculos, al borde de la locura, al borde del precipicio del caótico orden social impuesto por nosotros mismos, en nuestro egoista sentimiento de falsa y estúpida felicidad, reducido a los azucarillos en el fondo de nuestro café o las sonrisas que nosotros mismos creemos reales.
Todo se reduce a la monotonía del compás rítmico de miles de zapatos, que sosteniendo cuerpos vacíos de alma, luchan por no precipitarse eternamente cual Alicia hasta lo que mas que el país de las maravillas es nuestro país de las pesadillas, basado mas bien a la ilusoria cuerda que nos ata a esta simple y efímera vida. No somos nada, absolutamente nada, y no luchamos por cambiar este hecho, no luchamos por cambiar la enfermiza "normalidad" de este mundo enfermo en el cual niñas de seis años son violadas cada dia, adolescentes se drogan y marcan sus muñecas, al borde de un precipicio real, fuera de cualquier enfermiza y sádica metáfora. No.
Simplemente cogemos nuestro maletín y seguimos caminando a ninguna parte.
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